Añadir los anacardos al final y fuera del fuego es el plato entero. Por dos razones.
Primera: se ablandan. Salteados en una sartén con salsa, absorben humedad y pierden el crujido. Su papel aquí es el contraste de textura; blandos, no hay motivo para que estén.
Segunda: se queman. El anacardo es 43,8% grasa. En sartén caliente, treinta segundos lo pasan de punto, y después solo queda amargor.
Por eso el tostado previo tampoco toma color. Tres o cuatro minutos en sartén seca a fuego bajo bastan para despertar el aroma.
Enharinar el pollo con maicena es la técnica china del velveting. El almidón forma una película fina que retiene la humedad. Para una pechuga, magra y propensa a secarse, es casi obligatorio.
Extenderlo en una capa y dejarlo 2 minutos sigue la misma lógica. Removido a menudo, el vapor queda atrapado, la temperatura no sube y la carne se cuece en vez de dorarse.
Verter la soja por el borde es cuestión de evaporación: al tocar el metal caliente, se evapora de golpe y el aroma sube. En el centro solo baja la temperatura y deja sal.
En números, 60 g de anacardos entre dos raciones son 30 g por persona: exactamente un puñado. De ahí salen 0,66 mg de cobre (el 73% del requerimiento) y 88 mg de magnesio. Solo los anacardos son 166 kcal por persona, así que modere el arroz.
Use anacardos sin sal. Los salados se suman a la soja y duplican el sodio, lo que contradice bastante el asunto: la evidencia del anacardo está justo en la presión arterial.