No picar la menta es cuestión de color y de aroma. La hoja del cuchillo aplasta las células y deja expuestas las enzimas oxidantes, así que las hojas se ennegrecen rápido. Rotas a mano hay mucha menos superficie cortada y se mantienen verdes mucho más. Con el aroma pasa igual: la menta picada es intensa al principio y se apaga pronto.
Machacar el ajo y retirarlo tiene que ver con la alicina. Rallado la produce en cantidad y sigue creciendo dentro del yogur. Infusionar un diente machacado 15 minutos y sacarlo aporta el aroma sin dejar el picor.
Hay algo que conviene decir con claridad. Quizá haya oído que la menta se usa para el síndrome del intestino irritable. Esa evidencia corresponde a cápsulas de aceite de menta con cubierta entérica, con 180–225 mg de aceite esencial cada una.
Los 15 g de menta de esta salsa son otra cosa por completo: hoja entera, sin cubierta y con una concentración de aceite incomparable. No hay evidencia de que la menta usada como hierba haga nada por el SII. Esta salsa se hace porque está buena.
La composición cuenta lo mismo. La menta fresca lleva 243 mg de calcio y 5,08 mg de hierro por 100 g, pero los 15 g de aquí salen a 36 mg de calcio y 0,8 mg de hierro, y menos aún repartidos entre cuatro. La menta es un condimento, no una fuente de nutrientes.
Lo que aporta el yogur es otra historia: 200 g de yogur griego llevan unos 20 g de proteína.
Cuidado si tiene reflujo. El mentol relaja el esfínter esofágico inferior y puede empeorar los síntomas. Una cucharada de salsa difícilmente importe, pero hay personas sensibles a la menta.
Con qué servirla: cordero asado, pollo, verduras al horno, patatas. Funciona especialmente bien junto a platos grasos.